La concentración
Como escritores y escritoras tenemos
que aprender a concentrarnos. Los expertos en estas cuestiones creen que las
personas normales sólo pueden prestar atención a una cosa cada vez, por lo
tanto si lo aplicamos a los escritores, deberemos aprender a concentrarnos en
lo que realmente nos importa en ese momento.
Sea o no un acto natural en nosotros, se trata sobre todo de decidir prestar
atención. O al menos decidir cambiar algunos elementos de nuestro entorno
(emocional y físico) para concentrarnos mejor.
He conocido algunos escritores
y todos tienen algún recurso sobre este tema. Se trata de disfrutar con el
ritual. Todos los escritores tienen su propio ritual diario, antes de ponerse a
escribir.
Algunos, osados, se levantan temprano, toman un copioso desayuno que consiste
exactamente en lo mismo cada día y se llevan una segunda taza de café a la
computadora.
Otros, valientes, empiezan haciendo algún tipo de ejercicio esotérico como
saludar al sol estirándose frente a la ventana o leyendo de manera rutinaria lo
que han escrito el día anterior.
El beneficio de estos rituales radica en que mentalizan tanto a tu cuerpo como
a tu mente de lo que viene después. Nos preparamos para escribir de la misma manera
que salivamos cuando olemos una tarta cociéndose en el horno. Como los perros
de Pavlov.
En mi caso me pongo cerca un vaso de leche. No una taza. Ha de ser un vaso alto
y transparente. Con él a mi lado y tomando la leche poco a poquito me voy
concentrando mientras va apareciendo la luz del sol por mi ventana.
Los ritos previos
Pensemos en nuestros ritos para prepararnos a escribir. ¿Nos ayudan a concentrarnos en la escritura o más bien son dispersos?
Busquemos y repitamos cada día un ritual que nos haga ordenar nuestro entorno, como por ejemplo limpiar el escritorio que siempre es una buena idea si lo tienen como el mío, quitar el sonido del teléfono para que no nos moleste mientras escribimos, o comer antes de escribir para que no te molesten esas necesidades tan primarias. Nunca en exceso.
Pensemos en nuestros ritos para prepararnos a escribir. ¿Nos ayudan a concentrarnos en la escritura o más bien son dispersos?
Busquemos y repitamos cada día un ritual que nos haga ordenar nuestro entorno, como por ejemplo limpiar el escritorio que siempre es una buena idea si lo tienen como el mío, quitar el sonido del teléfono para que no nos moleste mientras escribimos, o comer antes de escribir para que no te molesten esas necesidades tan primarias. Nunca en exceso.
Luego, para conocer la historia, yo necesito tener una
antes. Por lo que busco en mi archivero (lo que yo llamo mi caja de sorpresas).
Es una vieja caja de madera que parece más la caja de un limpiabotas que el
cajón de los milagros.
Es donde a lo largo de los años meto fotografías recortadas de revistas y diarios, titulares, algunos ensayos míos no concluidos, noticias en columnadas y sucesos...
Hay de todo. No sólo cosas alegres. También las que entristecen o no me gustan. Lo meto todo ahí y luego lo olvido. El paso del tiempo hace que mis interpretaciones de esos trozos de papel sean más amplias.
Los mejores titulares son los más ambiguos, los que dan juego. Son más útiles cuando no tengo ninguna otra idea en la cabeza. Las fotografías las uso más para ambientar escenas.
Si de plano no encuentro nada que me inspire en ese momento, abro mi correo de Internet y me pongo a leer algunos mensajes. Si tampoco lo consigo volteo hacia mi librero y detengo la vista en algún libro que me haya contado alguna buena historia.
También recuerdo el consejo de mi gran amigo Rafael Ramírez Heredia quien un día me puso a reconstruir la historia escrita por otro gran amigo.
Se trataba de un individuo que se encontraba en la punta de un campanario y había que suponer por qué estaba ahí y que sucedería después.
Este es un ejercicio muy útil para todas las personas, pero en especial para aquellos que dicen que no se les ocurre nada.
Es donde a lo largo de los años meto fotografías recortadas de revistas y diarios, titulares, algunos ensayos míos no concluidos, noticias en columnadas y sucesos...
Hay de todo. No sólo cosas alegres. También las que entristecen o no me gustan. Lo meto todo ahí y luego lo olvido. El paso del tiempo hace que mis interpretaciones de esos trozos de papel sean más amplias.
Los mejores titulares son los más ambiguos, los que dan juego. Son más útiles cuando no tengo ninguna otra idea en la cabeza. Las fotografías las uso más para ambientar escenas.
Si de plano no encuentro nada que me inspire en ese momento, abro mi correo de Internet y me pongo a leer algunos mensajes. Si tampoco lo consigo volteo hacia mi librero y detengo la vista en algún libro que me haya contado alguna buena historia.
También recuerdo el consejo de mi gran amigo Rafael Ramírez Heredia quien un día me puso a reconstruir la historia escrita por otro gran amigo.
Se trataba de un individuo que se encontraba en la punta de un campanario y había que suponer por qué estaba ahí y que sucedería después.
Este es un ejercicio muy útil para todas las personas, pero en especial para aquellos que dicen que no se les ocurre nada.
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